Desde que tengo uso de razón, ojos en la cara y espejos en casa, siempre les he tenido una profunda envidia a los guapos. Los guapos, esa raza de semidioses injusta y aleatoriamente mejor acabada por la Madre Naturaleza y casi siempre peor vestida que la madre que los parió. Los guapos, envoltorios perfectos que de vez en cuando, y sólo de vez en cuando, son guapos también por dentro, para acabar de rematar la desgracia del resto de nosotros, feos, mortales, mellados y cejijuntos en general.
La verdad es que siempre comprendí que los guapos fuesen idiotas. Para qué molestarse y hacer el esfuerzo de ser otra cosa, si total con sólo fardar de epidermis ya lo tienes casi todo ganado. Atraer al sexo interesante (lo de opuesto ya como que no, y menos cuando hablamos de guapos) era una función que ya les venía de serie, como el santo al cielo, el culo al aire o el bolsillo al político. Surgió solo, jamás hubo que forzarlo.
Al resto, en cambio, resultar atractivos para alguien, aunque ese alguien no lo fuese, siempre nos costó tener que adquirir algún extra a base de horas, esfuerzo y dedicación.
La de barras de bar a las que saqué brillo con mis propios codos mientras hacía ver que esperaba a alguien, consultando mi reloj con fingida impaciencia después de cada sorbo. La de veces que creí que me sonreían a mí cuando en realidad estaban saludando al de atrás. La de veces que respondí un sugerente “cuéntame” a un “perdona”, para después tener que escuchar “¿está ocupada esta silla?”. La de estrofas y versos que improvisé al oído de una camarera que acto seguido me preguntaba si lo quería con tónica. La de madrugadas de sábado finiquitadas no por una balada ni por un beso, sino por el ruido de hielos rodando por un vaso de tubo y estrellándose sobre mi piñata seca.
Experiencias religiosas que jamás conocerá un guapo. Hala, que se joda. Haber nacido del montón.
Y digo religiosas, porque aún así, uno jamás dejaba de creer. Si hay algo inquebrantable en esta vida es la fe de un no-guapo en que esta noche sí -por fin- va a pillar. Y ahí es donde uno se hace fuerte, embalsamándose de AXE ante el espejo y haciendo un lip-dub de cualquier tema estrenado hace 15 años mientras se prepara para dejar a Tony Manero a la altura de Leonardo Dantés.
Ahí es donde uno aprende. Y deja de abrillantar barras y empieza a fregar suelos con sus zapatillas de los domingos. Hasta que alguien saluda al de atrás y es correspondido con un afectuoso saludo por nuestra parte. Como si lo conociéramos de toda la vida. Y alguien nos pregunta si está ocupada la silla y le respondemos que no, que estaba sentada nuestra amante invisible pero que aproveche que ahora mismo está en el baño. Y la camarera nos pregunta qué bebemos y dejamos a Góngora y nos arrancamos por Kase-O.
Y de pronto nuestra noche empieza a parecerse a un spot de Martini rodado en Carabanchel. O en El Prat. O en Tavernes Blanques. O yo qué sé.
Y al día siguiente, con la mezcla justa de resacón, Almax y llamadas perdidas, pones la tele y aparece un presentador, muy guapo él, al lado de otra presentadora, más guapa todavía, que te cuentan entre las noticias más guapas del día que quieren multar a los padres de los jóvenes que se pasen con el alcohol. Y luego que un spot de Pamela Anderson y otra churri ha causado una polémica de lo más escandalosa, uyuyuyuyuy.
Y pese a que por fin se habla de jóvenes en un informativo y a que la neumática vigilante de la playa aparece frotándose pechito con pechito, a ti te entra un cabreo tan incontrolable como una erección matutina.
Porque si algo te enseñan los años es que un prejuicio no es más que una generalización abusiva que esconde una oportunidad de actualización: ni todos los guapos son idiotas, ni todos los heteros somos igual de feos, ni todos los feos simpáticos, ni todos los gordos unos buenazos, ni todas las camareras unas bordes, ni todos los jóvenes que beben unos borrachos, ni todos los tíos pensamos que la belleza esté siempre en el inferior.
Para muestra, el último Premio Jaime I al Emprendedor, un chaval de 28 años, físicamente del montón, que con 24 creó una empresa que hoy emplea a 750 trabajadores en 13 países y factura más de 25 millones de euros.
Seguro que habrá quien lo empiece a ver más guapo ahora.
Síntoma muchísimo más peligroso que cualquier coma etílico.
*ARTICLE INTEGRE ESTRET DE LA SEVA PÀGINA WEB, QUE VA SER PUBLICAT AL PERIODICO DE CATALUNYA.
A continuació farem un petit resum d’aquest
article fet per Risto Mejide el 9/6/2013.
Durant tota la seva vida, Mejide ha pensat que
els guapos normalment no eren massa intel·ligents, pensava que ells no
necessitaven cap cosa més que el seu rostre preciós.
Alhora comenta, que totes les altres persones
es tenien que conformar en treballar més hores, més esforç i més dedicació en
tot el que es presentava en la seva vida. A tot això explica diferents
situacions que ha tingut al llarg de la seva vida com esperar moltes hores al
la barra d’un bar esperant a que algú s’apropés
a ell. Després d’explicar diferents situacions, després de tot això acaba amb
un “Experiencias religiosas que jamás conocerá un
guapo. Hala, que se joda. Haber nacido del montón”.
Fins que
això, després de molt de temps, canvia completament, i es dona conte que no els
guapos són tan idiotes, ni els lletjos tan intel·ligents. A tot això destaca l’últim
premi Jaume I, un noi que espot considerar del monton però que amb només 26
anys, és un gran empressari i que a partir d’aquell dia, tothom el veurà més
guapo. Síndrome del qual qualifica d’encara més perillós que un coma etílic.
Realment ens encanta tot el que fa, tot el que escriu, creiem que és un bon comunicador, sap com engantxar a la gent que té al seu voltant, sap com treure un somriure a qualsevol amb el seu humor tan i tan sarcàstic, que en moltes ocasions li han portat molts de problemes. Per nosaltres a part de ser un home sumament inte·ligent, és un home molt valent, que no li fa res, dir el que pensa. Si tothom fes com ell, poder les coses canvirien, no creieu?